Era la primera vez que Elara pisaba un suelo que no obedecía a la gravedad, sino a las rimas. Al cruzar el umbral del viejo roble en el jardín de su abuela, no cayó en un agujero, sino que aterrizó suavemente sobre un campo de margaritas que pedían perdón cada vez que ella las pisaba.
—¿Cómo sabía que vendría? —preguntó Elara, entrando con cautela. Una novata en un cuento de hadas
Caminó por un sendero que parecía hecho de azúcar glass, evitando mirar demasiado a los árboles, que cuchicheaban sobre su peinado. Pronto llegó a un cruce donde un cartel indicaba: "A la derecha: El Lobo que se cree Abuela. A la izquierda: La Bruja que solo quiere que le ordenen la despensa. Recto: El Castillo de Cristal (Cuidado con los pies descalzos)" . Era la primera vez que Elara pisaba un
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática. —preguntó Elara, entrando con cautela
—Ganas el derecho a no ser el personaje principal —susurró—. Ganas la libertad de observar el milagro sin tener que salvar el reino. Es el mejor papel de todos.
—Se nota —suspiró un grillo que vestía un frac de seda azul mientras afinaba un violín minúsculo—. Llevas la lógica pintada en la cara. Esa es una enfermedad muy grave en estas tierras. Si intentas que dos más dos sumen cuatro, terminarás con un dolor de cabeza o, peor aún, convertida en una tetera.